jueves, 18 de julio de 2013


DIARIO DE UNA NOCHE CON SABOR A MELANCOLÍA.

Cuando el atardecer decide, agotado, marcharse en compañía de la luz, y la noche hace de su esplendor el anfitrión del manto oscurecido del cielo, mi cuerpo también cansado por la cotidianidad como cómplice del quehacer diario, exige su merecido descanso, haciendo presencia con la dispersión calmada de la masa corporal de mis piernas, brazos y cabeza, en esa cama fría y vacía de mi habitación, tan monótona, por ser la fiel observadora de la misma escena patética cada noche.

Ya en mi cama, acomodada por fin, con el talle de mis caderas en el blando colchón, la penumbra de una vieja y dañada lámpara de mesa, ilumina el reflejo de mi silueta en la pared, compadeciéndose de mí, al ser la única acompañante en el obstaculizado camino por la búsqueda del tal añorado sueño.

Al lado de esa tenue luz proveniente de la bombilla descubierta por el quebrado cristal, se alcanza a ver, la fotografía de una niña con mirada desafiante de desilusión y rabia con aquella mujer ya grande y madura, por haber olvidado esta, los sueños que una vez rondaban sus deseos y pensamientos, y como el sentido de culpabilidad no permite conciliar dicho dormir, prefiero voltear la mirada y encender música que apague en cierto modo tanto silencio agobiante y reflexivo, pero es claro que las melodías vociferadas por los parlantes que traen a consideración recuerdos que debieron haber sido olvidados días atrás, no son suficientes para conseguir la paz del descanso tan esquivo.

Así que, mejor decido continuar la lectura atrasada de un libro empolvado, donde se contiene una historia de amor, la cual nunca he logrado vivir, ni ser la protagonista central, pues hasta el momento no se ha escrito en mi vida un poco aburrida, y quizás nunca se escriba. No menciono el nombre del libro, no quiero parecer una romántica empedernida.

Después de varias líneas leídas, mis ojos se sitúan y paran en la palabra “amor” y repentinamente huyen de la página para enfocarse extrañamente en la ventana de marco verde, de donde se logra divisar el cielo reinado por la luna y su corte celestial de estrellas y más a lo lejos, se ven luces encendidas de hogares aún despiertos. De un momento a otro la lectura pierde su importancia, pues mi pensamiento navega perdido en recuerdos de hechos que pudieron ser, pero al final no fueron. La nostalgia inicia depositándose en los rincones del alma, la confusión, la tristeza y la realidad entablan su juego y siempre logran ganar, triunfo revelado por dos gruesas y frías lágrimas que sobresalen de mis pupilas y recorren descaradamente mis blancas mejillas, cuya meta final es mi almohada que termina siendo más bien una esponja absorbente.

En ese instante miserable, los recuerdos de amores no correspondidos, no comprendidos y aquellos considerados perdidos, comienzan a tomar vida, y pasan en frente de mi mente como una película reflejada en mis ojos húmedos y entre cada parpadeo, tu rostro, ese rostro inolvidable, se asoma como un fantasma de porcelana que consigue hacer añicos mi baja autoestima, me siento no recordada, no deseada, no amada, haciendo que maldiga mil veces mi infinita soledad.

No queda más remedio que buscar consuelo apretujando mis manos contra la almohada,  deformada, por la fuerza proveniente de esa rabia por no tenerte aquí conmigo, y húmeda, de tantas lágrimas derramadas porque tu no vienes y me sacas de esta habitación envenenada de tanta melancolía.

Así entre el cansancio de los sollozos invitados, y recuerdos imprudentes, alcanzo a tocar el sueño y mis ojos poco a poco se logran cerrar, dejándome relejar entre los brazos de Morfeo. 
Mañana simplemente será un día normal y la sonrisa disfrazará una vez más la tristeza, esa tristeza que cada noche sale a manipular mi pensar y mi sentir.



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