domingo, 1 de septiembre de 2013

Morir en vida…

Esta es la historia de una joven que a sus 27 años de edad aún no conocía lo que era besar unos labios cálidos, o sentir una caricia masculina que erizara su piel haciéndole explotar de placer, no entendía que era el amor, ni sabía que era una ilusión.

Creció en una familia donde el único fruto de “amor” era ella, hija única, cuyo  mundo de infancia se resumía a una madre amorosa, traviesa, juguetona y un padre recto, estricto, conservador, muy parco pero muy trabajador.  Tuvo una niñez fabulosa, pero solitaria, sus únicos compañeros eran sus juguetes y ¡claro! una muñeca que era su cómplice de jugarretas e historias fantásticas que la hacían viajar a mundos y reinos fabulosos y excitantes. Logró disfrutar de un colegio, donde compartió con otras niñas permitiéndole de algún modo no sentirse tan sola, pero ¿quién a esa edad piensa que está solo?

A pesar de eso, ella crecía desapercibida de la triste y cruel realidad, pero se puede decir que en esa época logró vivir…

A medida que el tiempo pasaba y su mente y su cuerpo maduraban, comenzó a darse cuenta de las discusiones innumerables de sus padres, del miedo y terror que le había tomado a su padre por lo irascible que era, pero de algún modo no le hizo caso a esto y ella seguía sumergida en su dimensión de juegos y alegrías.

En el cumpleaños 11, como todos los cumpleaños, no hubo ni fiesta, ni regalos, sólo una torta que se compartía entre su fracturada y silenciosa familia y desde ese momento comenzó a odiar los cumpleaños y a ver esa fecha como un día más del calendario. Al alcanzar esta edad comenzó su bachillerato en el mismo colegio religioso y de sólo  mujeres, allí empezó  a tener “amigas” y a cambiar muñecas y peluches por libros, lápices, cuadernos y unos lentes que la hacían ver como ratón de biblioteca, era excelente en su clase y aunque odiaba las matemáticas lograba sacar buenas notas y superarlas, para nunca defraudar a su padre que no se satisfacía con nada.

Así siguió su vida, del colegio a la casa y de la casa al colegio, en su hogar veía como cada vez su familia se desintegraba como cuando se rompe un vaso y se hace añicos, desde ese instante,  cada día era una muerte lenta, muy lenta, en vez de sentir que vivía,  en cada amanecer moría un poco. En el colegio no era mejor, veía como sus amigas lograban conseguir novios y amigos mientras  ella con sus lentes y su cuerpo rechoncho no socializaba, pues su timidez y su estricto padre jamás le permitieron abrirse al mundo,  pero a pesar de todo aprendió adaptarse a su realidad solitaria y poco amena, a sonreír fingiendo que no pasaba nada.

Al cumplir 15 años, año en que las jóvenes solo quieren tener su fiesta de 15 y bailar con el muchacho que les gusta, esta joven enfrentaba la pérdida de su madre, no murió, sino que se marchó de su lado. Esa noche antes de hacerlo tuvo una conversación con ella, la cual acurrucada en sus cobijas, extrañada y un poco confusa la escuchaba:

-        -  Hija, debes saber que eres el ser más importante para mí, cuando naciste y te tuve entre mis brazos fuiste mi mayor alegría y lo eres aún, nunca pienses que te he dejado de amar, siempre te amaré más que a mi vida.

De sus ojos caían lágrimas que la joven no lograba entender y entre su cansancio le replicó

-   -  Mami, no digas bobadas, no entiendo porque me hablas así, déjame dormir, mañana tengo que madrugar para el colegio y tengo examen.

Y la madre con su llanto encajado en la garganta simplemente respondió:

-          - No te preocupes, descansa, te quiero y te querré siempre.

Después de besarla en la frente,  salió del cuarto.

A la mañana siguiente, su madre no estaba en la casa, se había marchado y no estaba con ella, la joven no lloró, pero ese llanto comenzó a retenerse en sus entrañas por varios años. Al ver el armario de su madre vacío sintió que su alma se partía en mil pedazos, su muerte se renovaba cada vez que recordaba la conversación que había tenido con ella, sus palabras y sus lágrimas, en ese momento, en ese justo instante, su corazón se enfrió y pensó:

-           " No me aferraré a las personas, me convertiré en la persona más fría del planeta tierra".

Desde ese trágico día, su vida cambió para siempre,  aquella madre amorosa y juguetona ya era una extraña, una persona más, que se debía respetar, pero que no inspiraba nada más, tanto fue así, que cuando se presentó el divorcio legal, ella decidió quedarse con su padre, sin saber que se enterraba su propio puñal.
 Su padre también cambió, pero en cierta forma encontró la paz que había perdido, ahora se aferró más a su hija llenándola de todo lo que ella quería, pero asfixiándola, controlándola, aunque siguió siendo muy parco, tan parco que nunca habló con su hija de la partida de su madre, ni del divorcio, para ambos aquella situación nunca pasó y se ocultó en sus silencios y en su indiferencia.

Ella creció sin tener una madre como amiga, se veía con ella, pero era como si estuviera hablando con una pared, tal vez en ese instante no le perdonó su abandono o no comprendió porque lo hizo. Se volvió introvertida, cobarde, con la autoestima en los talones y mucho más tímida de lo que era, (pero jamás lloró), por lo que nunca conoció un novio y llegó a la universidad con su mente llena de tabúes implantados por su padre.

Le dio dificultad hacer amistades, sobre todo con los hombres, ya que venía de un colegio femenino y su padre jamás le permitió tener amigos y además creía que era invisible para los hombres, los cuales no le hablaban, ni la determinaban, siempre buscaban las jóvenes lindas y extrovertidas, dotes que jamás tuvo.  Ella era una joven mujer, muerta en vida, sus deseos y anhelos eran palabras que se las llevaban el viento y el miedo.

Pasó su universidad estudiando fuertemente, obteniendo las mejores notas y evitando cuanta fiesta, rumba o paseo armaban los compañeros de clase, debido al “no” rotundo que siempre encontraba por parte de su padre, y que ella se negaba a refutar por pensar siempre en la tranquilidad y felicidad de él. Su vida no era vida, su juventud se extinguía y ella se hundía en su estudio y en su realidad monótona, donde sus únicas alegrías eran exámenes ganados, materias superadas y semestres alcanzados.

Pasaron los años y ella alcanzó la edad de 27 años, sola, jamás conoció un hombre que la hiciera sentir amada o deseada y los deseos reprimidos junto con el llanto seguían acumulándose en sus entrañas. Su sonrisa juvenil se perdió, como se pierde el sol en pleno día de fuerte tormenta, mientras su boca se marchitaba esperando que alguien la amara y robara su virgen pasión.

La relación con su madre había mejorado pero nunca más pudo verla como madre, ni como amiga, no le contaba sus cosas, ni sus ilusiones rotas, que fueron bastantes, principalmente porque se enamoraba del amor, de amores no correspondidos, de amores irreales, de hombres que nunca la veían, de muchachos inalcanzables.

Igualmente ocurría con su padre, el cual cada día la controlaba mucho más y parecía no importarle su felicidad. Ella pudo comprobar, con esto, la razón por la cual su madre huyó del lado de su padre, sólo que se le olvidó su más preciado amor, ella, esa niña frágil abandonada, la cual dejó sola en ese infierno.

Así entre recuerdos melancólicos, reproches a su felicidad no encontrada, deseos de no seguir viviendo, arrepentimientos de actos cobardes, de vacíos no llenados y llantos reprimidos, decidió una tarde de lluvia subir al edificio más alto de la ciudad, allí junto al abismo contemplando el vacío sintió una sensación de miedo y emoción, sonriendo entre lágrimas pensó en voz alta, así, se debe sentir cuando se hace el amor,  y se acercó más al precipicio y fue cuando su mente le decía ¡Al fin estás viviendo!, de sus ojos brotaban lágrimas gruesas y cálidas y de su boca salió un grito:

-         -  ¡Viva, al fin me siento viva!

Y se dejó caer mientras la adrenalina hacía palpitar su corazón, corazón que había estado latiendo sólo por la tristeza y la desilusión. Quién lo habría dicho, vivir mientras se está muriendo. Su sonrisa se aumentaba tanto como sus lágrimas, mientras su cabello volaba junto al viento y humedecido por la lluvia golpeaba sus labios y ella se preguntaba  para sí:

" ¿Es acaso así, como se siente un beso húmedo?"

 Pero no tuvo respuesta. Al observar la distancia que la separaba del suelo, recordó su infancia, sus padres, su colegio, sus compañeros de universidad, sus amores frustrados y volvió a gritar.

-        -  ¡libre y viva!; ¡libre y viva!, ya no sufriré más…

Su cuerpo cayó sobre el pavimento y su muerte fue instantánea, las personas que vieron su cadáver repetían aterrorizados:

-         -  En su rostro demacrado, se asomaba una increíble sonrisa.

Cuando vivir es morir y cuando morir es vivir. Basada en una historia real y de alguien muy cercano.













1 comentario:

  1. y ahora?
    que será de su alma envuelta entre dolor y sonrisas?
    que será de aquella joven que se entrego a la muerte para sentirse viva?

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