miércoles, 25 de marzo de 2015



ATARDECER.


En este atardecer que no es más que el desacelerado bostezo de la noche, donde el viento sopla palabras robadas de hojas murmurantes pertenecientes a aquellos árboles que parecen cantarme un libro de hojas guardadas en un baúl y me recitan promesas aún no salivadas por un cielo que solo anhela llover, ¡yo!, me adentro en mis laberintos que me hacen delatar los silencios.

En el naranja de las nubes, los suspiros se vuelven verbo y toman movimiento en este paralítico silencio, donde quiero entender que aún tengo sueños, cobardías por enfrentar y valentías por descubrir.

Y me sostengo en el aterrizaje forzoso de este atardecer, en el cual volar ya no genera esa emoción y donde caer puede ser la mejor opción, aunque chapuceo en mis pasos como queriendo agitar las ganas que no logran alzar el vuelo.

Ahora es el sol cabizbajo que me mira de reojo como acusándome porque el día terminó y la noche comenzó; me señala juzgándome del porque sigo enmarcada en la ventana de mis intentos y me pregunta con su adiós insistente: ¿Es suficiente la oscuridad para volver a sucederte, a mirarte, a enfrentarte, a vencerte, o necesitas de un nuevo atardecer?

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