martes, 8 de septiembre de 2015




También te llamé refugio, y aunque tus murallas me abrazaron, jamás disfrute tanto de mis jaulas. Porque me encerraste en mí y supe que amarme entre los barrotes de mis defectos podía hacer brotar las más hermosas alas.

Y es que volar en mí, me hizo despejar un cielo para los dos y coger entre mis ojos las formas de aquellas nubes que imaginé y exprimirles la libertad que tú te empeñas en colgar sobre el peso de las caídas que se alivianan ya. Porque sé que al final, aterrizar, se volverá el comenzar de un camino donde tus piedras no quiero quitar.

Porque si me tropiezo contigo, el cielo se muda bajo mis pies y levantarme se vuelve el levitar de las raíces que sostienen mis talones, para producir el milagro, ese, ese milagro de abrir las valentías y verte a mi lado sin olvidarme de mis alas, porque me sostienes en mí y entiendo que debo ser mi propio viento que alce la cometa y eleve la sonrisa de esa niña que mira hacia arriba para verse estrenarse en vuelo.

También te llamé escondite, aunque me encontré cuando te busqué en mis palpitares que se escondían hasta de mi propio sentir. Pero te llamé y viniste y contigo vine yo, para entender que encontrarme era encontrar mi refugio, mi escondite, en un silencio más sencillo; encontrarte a ti.



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