domingo, 15 de mayo de 2016



Pensaba que destapar todos mis colores, hasta gastarlos
y que no quedaran ni siquiera aquellos grises 
que disfrutaban bordear mi sombra, era vivir.

Creía que soltar mi risa como se descuelga el ancla de un barco
y tocar tierra, palpar firmeza y frenar pudores para alcanzar
el puerto de una felicidad movediza, era vivir.

Me equivocaba cuando exprimía mi última gota de afán
al concluir la más larga batalla de enfrentarme al espejo cada mañana y sobrevivir. Me equivocaba, porque no era suficiente.

Suficiente es querer morir como muere la noche 
para darle cabida al amanecer.
Suficiente es querer morir como muere la lluvia
para abrirle los ojos al cielo y mostrarle su sonrisa despejada.

Porque no hay mejor manera de vivir que muriendo,
porque de algo hay que vivir y es de morir.

Como cuando se me llenan los ojos de heridas
y quiero vaciarlos sobre mi melancolía.
La tristeza es vivir.

Como cuando se me alejan unas manos
y me encuentro desnuda de abrazos.
La soledad de estar solo conmigo, es vivir.

Como cuando hallo la ingratitud reblujando mi fe
y ya creer se vuelve la niebla que quiero ignorar.
El dolor es vivir.

Porque cada muerte que elijo desde mis laberintos, es vivir,
no solo desde las carcajadas pasajeras, 
sino también desde las cicatrices perpetuas.