jueves, 15 de diciembre de 2016



Mi Dolor.

Vas dejando la primavera en desierto,
atreviéndote a desgarrar el sendero
con tus pasos hacia atrás,
pero aun así, mi alma quiere amar.


Saludas con un adiós entrecortado por el silencio,
con la voz muda que aprisiona las alas,
haciéndome caer en el desprecio
de una soledad que se acomoda en manos desoladas.


Y es que tu presencia hace ver
las calles más desleales,
las paredes más cansadas,
las ventanas más distantes.


Pretendes abrazar mis grietas,
desbordando pasadas conciencias.
Intentas remendar un cielo,
derramando en el espejo miedo.


Lo más cruel es, que puedo sobrevivir contigo.
Sentirte en el aire
aunque respire paisajes,
aunque abrace oleajes.



Porque me has tocado, palpado,
me has abrigado de pasado
desde mis oscuridades,
hasta mis verdades.


Has sido timón que conduce la perdida ola,
el farol que muestra el callejón sin salida,
la cicatriz que siempre desgarra la costra,
la sangre que inunda la herida.


Eres el amigo que nunca da la mano,
el confidente sin secretos,
recordando que hay un verano,
pero solo quizá, en un futuro lejano.


¡Mi Dolor, mi dulce Dolor!
Soy solo una rosa desnuda de espinas,
inconforme con la hoguera de cenizas
qué no revierte este ardor en un cálido amor.


Nunca me dejarás, mi Dolor,
¡nunca te dejaré, mi Dolor!,
Porque serás el escudo y la espada
que me haga enfrentar esa caricia amarga.


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